La pizarra es una roca metamórfica formada por la compactación de la arcilla y el lodo durante millones de años. En ella se grabaron por primera vez, hace casi ciento treinta años, las primeras grabaciones del flamenco. Los discos de pizarra eran artilugios pesados, de muy poca duración, muy frágiles y tenían un sonido muy característico, lleno de crujidos. Hablamos de los primeros registros, el flamenco más primitivo, el que quedó grabado en piedra.
Rancapino Chico quiso traer a colación esa Pizarra en el Alcázar de Sevilla para profundizar en las raíces de ese antiguo testamento flamenco, cuyos renglones escribieron artistas de estirpe e inspiración, que no aprendieron en ninguna escuela el arte flamenco. Son aquellos cuyas voces quedaron por primera vez registradas y los sucesores inmediatos que, en los años siguientes, estudiaron su cante. Don Antonio Chacón, Manuel Torre, Escacena, El cojo de Málaga, Cayetano Muriel, El Mochuelo, La Niña de los peines… del conglomerado flamenco, Rancapino quiso mostrar en esta Bienal su interpretación de la piedra primigenia.
Lo presentó muy elocuentemente Juan Valderrama, cómplice ideólogo de esta Pizarra, con una breve introducción, tan acertada e interesante como extraña vez resultan ser esos prólogos. Y con el aplauso, apareció en las tablas Rancapino Chico arropado por una buena cuadrilla de palmeros y jaleadores (Naim Real, Edu Gómez, Diego Montoya, Juan el Sopa, Luis Peña) y su mancuerna de guitarristas (Rafael Rodríguez y Antonio Higuero). Calentó por soleá, cantando sobrio y encendido a los sacrificios familiares, con Rafael Rodríguez a la guitarra y El pasito que yo doy, que popularizaron la Niña de los Peines y Tomás Pavón. Se templó por malagueñas de Chacón con Antonio Higuero a la guitarra. Así se fueron alternando ambos tocaores en la primera mitad del concierto, sin apenas interrumpirse el sonido en ningún instante. Una guitarra sucedía a la otra en la estela del aplauso. Un recital de cante, sin artificios ni esquemas, sin trazas de show diseñado sobre el papel, sólo flamenco: un palo y después otro.

Las diez campanadas de la Giralda se colaron en la seguiriya. Después, el chiclanero cantó a su Cádiz por alegrías. Aquí entraron a jugar por primera vez las dos guitarras, tejiendo un engranaje glorioso para un cantaor que no podía estar más a gusto sobre el escenario. Generoso, inspirado y entregado. Muy didáctico, además, explicando cada palo que cantaba. Rota la solemnidad por alegrías, por tangos arrasó toda la cuadrilla de palmeros en Al Gurugú. Las bulerías fueron un desparrame, qué derroche de compás en los nudillos, qué trenzado insuperable esas cuerdas, Rancapino en pie haciendo explotar la fiesta con El cojo Peroche.
La idea fue cerrar por fandangos, con ese cante tan bonito que dedica a su madre; y con el que ofrece, desgarrado, a la memoria de su padre, Rancapino, y Paco Toronjo. Pero la ovación fue atronadora y regresó para cantar la zambra de Paco Cepero que une a su padre, Camarón y Caracol. Lo hizo sin amplificación alguna, en el silencio inquebrantable del Patio de la Montería. Apabulla cómo suena aún mejor esa voz al natural.
Así ofreció Rancapino Chico en la Bienal algo más de una hora de recital clásico, predicando flamenco antiguo atendiendo a la partitura original. Grabado para la eternidad se queda su quejío en los muros milenarios del Alcázar. Porque lo que en piedra se graba, ni el tiempo lo borra.

