Los caminos del flamenco son inescrutables.
Es por ello que no ha de extrañar que a este arte tan sagrado se le abran las puertas del templo en esta XXIV Bienal de Flamenco de Sevilla. Eran las doce de la mañana del domingo cuando se abrieron por sorpresa las puertas de la iglesia de San Luis de los Franceses. Con pañuelo dorado en la garganta e impecable elegancia, Pedro el Granaíno entonaba una saeta a su paso entre los asientos del público, sin más acompañamiento de camino al altar que el del órgano tocado por Daniel Oyárzabal.
Así comenzaba la liturgia jonda que el cantaor ofició en el matinal de sábado y domingo como estreno absoluto y obra ad hoc para este espacio y edición de la Bienal. Su Pan de oro fue una delicia de invitación a la introspección, un predicar profundamente humanista con la voz en lo divino. Un repertorio espiritual con textos largos y el cante presentado como un rezo, pulcro y contenido. Maridando excelentemente, además, timbres y espacio; presentando una formación flamenca rara avis (guitarra, órgano y viola), eminentemente barroca.

En materia de acompañamiento, primó sobre virtuosismos lo íntimo, el recogimiento, la sutileza; toda la sensibilidad volcada en apenas acariciar la voz para llevar en volandas el mensaje del canto a los feligreses. Propiciado por la acústica del lugar, el concierto se desarrolló sin amplificación alguna, tan completamente orgánico como lo son sólo la madera, las cuerdas y la voz. Y el viento que alimentaba el órgano, seguro que bien nutrido por todos esos programas de mano que se agitaban como abanicos.
Escoltado por dos ángeles entre columnas salomónicas, el Granaíno proclamó el Padrenuestro por malagueñas, rematándolo con un corolario cual anhelo para este viejo mundo enfermo (vence al bien con el mal, vence a la guerra con paz). Soleá de Pan de Oro, pieza clave, se descubrió como una soleá de pasión nazarena. Cantó también una mariana a las piedras del largo camino en el que todos nos perdemos alguna vez buscando un sueño y, por granaína, a los milagros de la creación, siempre abrazado por la guitarra de Patrocinio Hijo y con la viola de Rosa Escobar aportando destellos intermitentemente.
A partir de aquí, tocaríamos el cielo. Hubo un pequeño interludio instrumental de Daniel Oyarzábal, un hermoso purgatorio como punto de inflexión de lo bueno a lo sublime. Una pieza para órgano, más compleja armónicamente, con un pie en el nacionalismo musical español y otro, incluso, en lo piazzollesco. Le siguieron las tres obras finales, por primera vez con todo el conjunto sonando en el escenario. Arregladas con un gusto exquisito. Una adaptación de los salmos de San Juan de la Cruz a los que Enrique Morente puso música, Encima de las corrientes (Aunque es de noche, 1984), en que la comunión de órgano y viola no pudo sonar más celestial y con ese guiño barroco (que ya tenía la versión original) de la cadencia picarda aún más remarcado en tal marco.

Las dos excepciones a la temática evangélica aparecieron justo al final. Primero, una Vidalita lastimera sobre los exilios del corazón que desarmó al más impasible. Mención aparte. Qué belleza de creación inédita. Quien pudiera haberla guardado para siempre en los oídos. Una herida abierta, tan desgarradora, con esos ecos de folklore argentino, y con un texto hermosísimo que bien podría ser obra de cualquiera de los grandes autores del tango del siglo pasado, pero que contaba con su autor, Enrique Casellas, entre el público congregado en San Luis. Vidalita lastimera, que ni abraza ni consuela, que me tiñe de amaranto. Qué preciosidad.
Se despidió Pedro el Granaíno con su bendito Pan de oro dedicando a Pepe Habichuela el Réquiem de Vicente Amigo (que éste escribió para Paco de Lucía). Y así descubrimos en esta Bienal que se puede salir transformado de un concierto, con el espíritu limpio y el sentir en paz. Entregarse a la misión del artista con la fe del creyente tiene su recompensa en el alma. Algo así habrá de ser, si hubiere, redención.

