Siga el mundo girando hacia donde siga, cada dos años vuelve a suceder. Se eclipsa cualquier otro astro porque Sevilla se convierte durante un mes en la capital universal del arte.
Ayer arrancó la XXIV edición de la Bienal de Flamenco de Sevilla en la plaza de toros de la Maestranza con la gala inaugural El mundo por montera, un espectáculo dirigido por Andrés Marín y Luis Ybarra que echaba la vista atrás cien años para recuperar el espíritu de la ópera flamenca de los veinte y brindar por el legado de Pepe Marchena y Manuel Vallejo en la década (y el escenario) en que el flamenco se presentó, también, como espectáculo de masas. Nueve actos (tres tercios si tenemos en cuenta la coyuntura) y un fin de fiesta por romería levaron el telón de esta Bienal.
Una Bienal que invita a alzar la cabeza y mirar el mundo buscando la belleza en todos sus rincones. Así empezó la gala, no desde las tablas, sino desde uno de los tendidos. Deslocalizada, como había sido también el pregón el día anterior en la plaza San Francisco, con el cante poblando los balcones y distintas zonas de la plaza. Ayer, los ecos de los saxofones de Juan Jiménez y Alfonso Padilla volaron sobre los acordes de Manolo Franco para evocar a Pastora en la introducción. Cuando estos cesaron, en sincronía perfecta apareció en la oscuridad del escenario la savia nueva de Ángeles Toledano, Perrete y Manuel de la Tomasa, con sus lamentos como sirenas, una voz de alarma al hilo de los poetas de la generación del 27. Si bien escuchamos las voces de alarma, no llegamos a vislumbrar el origen del fuego.

Ese fue el fallo principal del espectáculo: no consiguió adaptar visualmente su formato a las exigencias de una arena con las dimensiones de la plaza. Así como tan cuidados estuvieron otros detalles como la cohesión y la continuidad del espectáculo, la sobriedad del sonido o lograr genuinos momentos de intimidad en tan amplio espacio; la imagen debió plantearse también como un elemento artístico más que no alejara de la obra al espectador. Por momentos, como en los minutos de danza, resultó especialmente notorio. Fue extraño que las pantallas gigantes que estos días blindan ese mismo escenario por el ciclo Noches de la Maestranza se apagaran en cuanto se inició el recital. Hasta entonces permanecían encendidas con el cartel de Pereñíguez que anunciaba a los protagonistas.
No obstante, las notas de la guitarra de David de Arahal introduciendo la bambera que cantó Manuel de la Tomasa se distinguen a ciegas. Es inconfundible. Tiene tanto valor tener un sonido tan propio a tan temprana edad. Estuve en el primer concierto de David como solista en 2021, con apenas veinte años, en su pueblo y respaldado por la confianza de artistas tan grandes como los que acompañó ayer; nunca vi una puesta de largo igual. Era increíble ver cómo se podía tocar flamenco (un género en el que usualmente más se mejora cuanta más hondura trae lo añejo) tan insultantemente bien a esa edad. Igual de increíble que es descubrir cuánto mejora de concierto en concierto, aunque la última vez en Sevilla fuera hace apenas un par de meses antes en el Palacio Marqueses de la Algaba. Orgullo de la campiña. El mismo niño que consultaba a Riqueni cómo lograr la limpieza de sus trinos enmudecía por aires de levante la Maestranza.
A pesar de aparecer el último y en letra pequeñita en el cartel de la gala, David fue con su guitarra y junto a Alfredo Lagos, una de las piezas claves e hilo conductor de la gala. Con ellos, el Perrete trajo a Pepe Marchena a nuestros días sin siquiera mencionarlo, con el legado intacto de la dulzura de sus melismas, cantando tan bello, agudito y leve como mi paisano. Ángeles Toledano, sobre quien a menudo suelo hallar paralelismos y proyectar sobre ella, ojalá, una carrera tan longeva y honesta como la de Carmen Linares, nos remitió a la también jiennense con Toma este puñal durao y despidió el segundo acto con las cantiñas de la Mejorana.

Nuevas sirenas se alzaron como el canto de dos bestias marinas en la atmósfera abisal tejida lumínicamente por Cachito Vallés. Los saxofones, cuyo espíritu indómito y abstracto bien podría haber nacido de Pharoah Sanders, fueron las oscuras aguas en que se sumergieron Patricia Guerrero y Eduardo Leal, los pies de este viajero mundo por montera. Granaína y media en el cerco de la luna y el Ballet Flamenco de Andalucía surgió sigiloso en la penumbra. Minutos sublimes de danza que culminaron con la delicia explosiva de Me gusta estar en la sierra (de Marchena, con el guiño de la plaza en lugar de la sierra) y desembocando en la sabrosa Catalina de Vallejo.
Regreso al futuro: la nueva nota moderna la puso Rosario la Tremendita colmando de groove con su bajo el mundo nuevo del flamenco en el quinto acto. Algunos lloran con llanto y con pena, lágrimas rojas de sangre y arena, versos para una melodía que se mecía con el acompañamiento de Manolo Franco cruzando el ecuador del espectáculo. El segundo tercio se cerró con idas y vueltas. Y vuelta a las vueltas y a las idas. Como el gitano Melquíades traía de sus andanzas cada año los progresos de la ciencia y el hombre a Macondo (a Macondo siempre se trae, nunca se lleva), el flamenco viajó por el mapa durante el siglo pasado impregnándose de ritmos y acentos que retornaron a su origen. Una vida de ida y vuelta, la de las dos orillas, que Arcángel rememoró con Cuba linda en un sexto acto guajiro.
Cuando Martirio entró en escena no existió nada más. El aplauso más grande, sin haber alzado aún la voz, fue para ella, pisando el escenario como una emperatriz. No gobernó jamás tierra alguna ninguna corona con más poderío que su peineta. No cabe mayor arte ni elegancia ni maestría en el ser humano. No es grande, sino gigante. Martirio todo lo eclipsa con esa primavera de mis veinte años, relicario de mi juventud (Quisiera amarte menos). Y el tipo que se esconde del toro tras la barrera, ya en el tendido, al que se le pianta un lagrimón es uno mismo. Ya lo rezaba La llorona, el que no sabe de amores no sabe lo que es Martirio.

El momento más íntimo de la noche lo brindó por soleá con solemnidad catedralicia el más veterano, José de la Tomasa, que también fue especialmente recibido por el pueblo. El cantaor le cedió el relevo a José Mercé, con maestría por seguiriya, presentando una mancuerna del flamenco de la Alameda de Hércules y de Jerez, respectivamente.
El fin de fiesta fue presentado como una romería. Unas castañuelas, como un goteo, inundaron todo con su leve e imparable repiqueteo para la algarabía y la danza de vuelta del Ballet Flamenco. Los cantaores regresaron al escenario y sembraron su parlamento por fandangos. Martirio cantó a la independencia y la fuerza femenina, Manuel de la Tomasa capeó airoso el zumbido de un incómodo acople para cantar a la incapacidad de los maestros de la pintura para reflejar la tristeza de un niño que no puede jugar, Toledano cantó a la vida errante, la Tremendita a los vampiros de la falsedad, Arcángel a los amores cobardes que no llegan a amores, Mercé a la Macarena y al Gran Poder, y José de la Tomasa se despidió de la Maestranza celebrando a Belmonte y Joselito el Gallo.
El mundo por montera, con sus variedades, fue una apertura viajera y sobria que procuró revisitar con serenidad y equilibrio, sin efectismos ni artificios, distintas proyecciones de la trascendencia del 26 del siglo pasado para el flamenco. Marchena y la Ópera Flamenca, Vallejo y su rumba emblemática Catalina. La generación del 27, las vanguardias, flamenco de ida y vuelta, los cafés cantantes y lo jondo para masas. El mundo por montera y una Bienal que sale al ruedo de nuevo para Sevilla.

