Rubén Blades y Silvana Estrada, distintos trazos de un mismo mapa

Antonio Arispón

18 julio, 2026

Podría sonar exagerado decir que estaría escuchando a Silvana Estrada cantar y cantar, una y otra vez, la misma canción en bucle durante dos horas. Pero no lo es porque, de hecho, ocurrió en noviembre de 2023, cuando Silvana cantó en la Plaza del Triunfo Si me matan para cada mujer que se acercara a sentarse frente a ella durante los tres minutos en los que les cantaba, mirándoles a los ojos, su mensaje de dolor y esperanza frente a los feminicidios y la violencia contra la mujer. Todas las veces me emocioné.

Silvana nunca canta de igual modo una misma canción dos veces. Su voz vuela por el lienzo en blanco y trae a la canción notas que parecieran sonar por primera vez, sonidos de algún lugar superior a los que sólo ella tiene acceso y que baja a tierra como a través de un rayito de sol llovido del cielo. Un maná que es un abrazo, esperanza y redención. Un canto que, como decía Ángel Carmona hace unos días (siempre dando en el clavo), es como si existiera una especie de ave con un solo ejemplar y un modo exclusivo de comunicarse: un trino único.

La compositora veracruzana tuvo un ratito en la tarde noche del miércoles para presentar algunas de sus canciones en la previa del concierto de Rubén Blades en Icónica Santalucía Sevilla Fest. Aunque siempre puede resultar algo ingrato el telonear, Silvana no escatimó: ofreció un concierto cautivador, como si fuera el primero o el último de su vida, el más importante hoy, que es siempre todavía. Aún picaba el sol en la Plaza de España cuando sonó la apertura del saxofón y el cello de Diego Franco y Ana Rodríguez en Dime, de Vendrán suaves lluvias, una alusión al poema de Sara Teasdale que pone título al último disco de la folklorista mexicana. De Marchita recuperó Tristeza y Sabré olvidar, en la que su cuatro venezolano quedó mudo durante varias canciones; situación que se solventó con Roberto Verástegui asumiendo sus líneas desde el piano.

Fotografía por Antonio Andrés

Con Good Luck, Good Night atrapó a todo aquel que anduviera despistado por las ansias por la salsa de Rubén Blades o por desconocimiento de la mexicana. Un bolero arrancherado que arrancó contenido, elegante como un réquiem, con las notas justas y precisas; y que creció hasta derramarse por todos los costados, con la emoción desbordada y sonando al estilo de Nueva Orleans, como las bandas en sus peculiares cortejos camino al cementerio, y la voz rasgándose a lo Chavela. También tuvo esos tintes neorleaneses su peculiar versión de Clandestino, de Manu Chao, a la que incluso mejora su letra original y que sonaría poco después, tras Flores.

Tiene Silvana una personalidad tan única en su timbre, su pluma y su estilo que es difícil emparentarla con algún coetáneo. Pero se puede paladear la influencia venezolana de Simón Díaz, la profundidad de Mercedes Sosa, el gusto jazzy de Billie Holiday o la fortaleza elegante de Nina Simone. Incluso, en curioso nexo con otro icónico de este año, cierta simpatía en la composición de algunas piezas con Juan Luis Guerra, como en Lila Alelí, que tiene esa luz construida sobre elementos campestres tan propia del dominicano.  Todo ello con un gusto exquisito para el arreglo y una capacidad poética en su escritura que no deberían quedar eclipsadas por la belleza de su voz.

Tras Como un pájaro, el cuatro venezolano que un día de niña encontró en el taller de lutier que sus padres tenían en casa, volvió a sonar en Te Guardo. Al Norte y el tradicional colombiano Aguacero de mayo a capela, con el acompañamiento de las percusiones de Álex Lozano, introdujeron un final que remató con su cumbia, Tenías que ser tú. Hasta para la despedida del escenario puso detalle Silvana, con No vale la pena de Rolando Laserie sonando como sintonía de outro entre los aplausos. Ojalá vuelva pronto a la plaza con una noche protagónica para su repertorio o a algún teatro sevillano, por ejemplo, de la mano del hermano pequeño de Icónica, Insólito, durante el resto del año.

Fotografía por Antonio Andrés

El sol hizo de bisagra y tras la estela de Silvana, Rubén Blades apareció en el escenario, ovacionado como un profeta del día a día, acompañado por la orquesta de Roberto Delgado que, al bajo, hizo sonar esa mítica introducción funky de Plástico. Recibir la visita de Rubén Blades es tener frente a frente a un pedazo importante de la historia de Latinoamérica desde mitad del siglo pasado hacia hoy. Como tener delante a García Márquez o a Vargas Llosa reinterpretando y actualizando su obra en directo. Pocos cantantes quedan en activo a través de cuya obra podamos entender el transcurrir del mundo con tan poliédrica visión en este último siglo. Dylan, Blades, ¿alguno más?

Abrir con Plástico es casi una declaración de intenciones. Por supuesto, una de sus mejores canciones y de los grandes diamantes del repertorio salsero, pero además una canción que en sí reúne gran parte de la temática de las canciones de Blades. Sólo en ella ya hay una crítica feroz a la superficialidad, a las vanidades, al racismo, al hipercapitalismo que mercantiliza todas las esferas de la vida, a las grandes metrópolis que pierden el alma e identidad de su pueblo, las dobles morales y hasta un clamor por la unión de los estados latinoamericanos. Es una canción del año 78 y tiene más vigencia que cualquier otra que vaya a sonar hoy en cualquier radio.

Fotografía por Antonio Andrés

Cegados por el talento de Rubén, maracas panameñas en mano, bailamos Decisiones. Mientras tanto, a él lo que le cegaban eran los focos. Se peleaba cómicamente con ellos, debatiéndose entre las gafas de sol y las de vista. Atravesar el bendito repertorio de Rubén es sumergirse en un testamento profano y humanista, un libro de buenas maneras anhelante de un mundo mejor. País portátil es un llamamiento al amor propio de un pueblo y una denuncia a los patriotas de pacotilla, los de la banderita en día señalado pero que pisotean al vecino cada día o venden su patria al mejor postor. Justo después sonó Emigrantes, en una noche en que, cabe destacar, el público de la plaza fue de nuevo (como en el concierto de Juan Luis Guerra) una fiesta hispanoamericana, con alto porcentaje latino, un hermoso baño de realidad para esos de la prioridad nacional, que no deben pasearse más allá de sus urbanizaciones y aún no se han enterado que España somos todos. Recordó Rubén Blades que ninguna persona es ilegal y que, de haberlas, los primeros emigrantes ilegales fueron los españoles que partieron a conquistar América hace cinco siglos. Él fue emigrante en el año 74, cuando marchó de Panamá junto a su familia por las tensiones con el régimen dictatorial. Así, la biografía de Rubén y la historia de América se van cruzando en el ADN de sus canciones, como en Ojos de perro azul y El padre Antonio y el monaguillo Andrés.

La belleza del son y Arayué son dos canciones en que, confesó, quiso sacar al negro que lleva dentro. Entusiasmado por un test de orígenes genéticos, presumió de su veinte por ciento de origen africano, en contraste con la decepción de la nula presencia asiática. Precisamente a raíz de estos estudios conoció con pasmo que su abuelo biológico no había sido ningún Blades, sino el poeta panameño Ricardo Miró. Sorpresas te la vida.

Fotografía por Antonio Andrés

De aquellos años setenta, época dorada de la salsa, sonó a continuación la romántica Paula C. Más reciente es Amor y Control, que a pesar de ser una de sus canciones más celebradas desde los noventa, se escapa de los discos más míticos del panameño y nació en su etapa de madurez. Probablemente, es la mejor definición del amor paterno y del concepto de familia en una canción en nuestro idioma. Mientras intepretaba Todos vuelven, los mejores artistas de la salsa ya fallecidos aparecieron homenajeados en pantalla junto a nuestro Paco de Lucía.

Sonaron los vientos inconfundibles de María Lionza, que fue dedicada al sufriente pueblo venezolano, brillando la orquesta dirigida por Roberto Delgado, un súmmum de vientos y percusiones. Pendientes de posibles restricciones horarias, finalmente estiró la prórroga para brindar un trío espectacular de canciones como colofón. Por el camino, Rubén Blades estaba cumpliendo setenta y ocho años pasadas las doce de la noche. El público le cantó el cumpleaños feliz, pero el cantante apenas se percató, deseoso de entregar más canciones: Ligia Elena, El cantantey su colosal Pedro Navaja como fin de fiesta.

Qué gran acierto del festival convocar al icono Rubén Blades, uno de los grandes narradores del siglo XX, quien intelectualizó la salsa y la llevó con honores a tierras hasta entonces hostiles; y hacerlo coincidir con Silvana Estrada. Un deleite de pasado, presente y futuro de la canción. Dos autores en mayúsculas, con una obra mucho más emparentada de lo que pudiera parecer a simple vista. Si bien la escritura de Rubén es más de fuera hacia dentro (de lo colectivo a lo individual, de la observación y la narración desde la perspectiva a la biografía) y la de Silvana de dentro hacia fuera (desde lo íntimo a lo universal) ambos artistas están mucho más hermanados de lo que sus biografías nos cuentan. En el fondo son distintos trazos de un mismo mapa de ayer y hoy: el testimonio emocional, político y social a lo largo del tiempo y la distancia, las venas abiertas de Latinoamérica.

Fotografía por Antonio Andrés

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